| Muchas veces se repite en consulta: “No entiendo por qué me siento así si sé que ya pasó”. Y es que el cuerpo y la mente no procesan las experiencias de la misma manera ni al mismo ritmo. La mente tiene una enorme capacidad para adaptarse. Puede minimizar, racionalizar, justificar o incluso “olvidar” experiencias difíciles para poder seguir funcionando. Esto no es un fallo: es una estrategia de supervivencia. El cuerpo, en cambio, no razona. Recuerda a través de sensaciones. Por eso, aunque cognitivamente sepas que algo terminó: tu pecho se tensa ante ciertas situaciones, tu respiración se acelera sin un motivo aparente, tu estómago se cierra, o tu sistema nervioso entra en alerta como si el peligro siguiera presente. No es que estés retrocediendo. Es que hay información emocional que no llegó a procesarse del todo. El trauma no vive en los recuerdos, vive en el sistema nervioso. Las experiencias abrumadoras pueden quedar “almacenadas” de forma disfuncional. No se integran como un recuerdo del pasado, sino que el cuerpo las revive en presente. El sistema nervioso no responde a fechas ni a explicaciones lógicas. Responde a sensaciones, movimientos, imágenes, sonidos, olores. A señales que le recuerdan, aunque tú no seas consciente de ello, que una vez algo no fue seguro. Por eso muchas reacciones parecen exageradas, ilógicas o desproporcionadas. No lo son. Son respuestas aprendidas en otro momento de tu vida. Los síntomas no son el problema, son el lenguaje. Desde una mirada somática, los síntomas físicos y emocionales no se interpretan como errores, sino como mensajes: El cuerpo diciendo “esto se parece a algo que dolió”. El sistema nervioso intentando protegerte antes de que vuelvas a sentirte desbordado/a. Luchar contra esas respuestas suele aumentar el malestar. Escucharlas, en cambio, abre la puerta a la regulación y al procesamiento. Sanar no es recordar más, es sentir con seguridad. El trabajo terapéutico no consiste en revivir el pasado sin control, sino en crear las condiciones para que el cuerpo pueda soltar lo que quedó atrapado, esta vez desde un lugar seguro, acompañado y regulado. Cuando el cuerpo puede completar lo que en su momento no pudo —defenderse, huir, parar, expresar—, la memoria deja de activarse como una amenaza actual. Y entonces sí, pasa a ser pasado. Si tu cuerpo reacciona aunque tu mente “sepa” que no hay peligro, no te está saboteando. Está intentando cuidarte con las herramientas que aprendió. Escucharlo con curiosidad, en lugar de juicio, suele ser el primer paso para que ya no tenga que gritar. Te abrazo, Mireya. Psicóloga sanitaria. MG Psicología València. |
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